Se dice que San Pedro, en un momento de flaqueza, dudó de Jesucristo; pero se recompuso y es ahora quien deja entrar a quienes merecen el Reino de los Cielos. Ese santo, antaño hombre de a pie, nos da una enseñanza de humildad y nos da un mensaje muy claro (para cristianos y no cristianos): fallar está permitido, lo importante es recomponerse y reconocer los errores propios (antes que los ajenos).

En Fuengirola tenemos muchos ejemplos de justo lo contrario: fallos que se convierten en, no sabemos cómo, ataques frontales hacia quien se tenga más a mano o quien se atreva a remarcarlos. Lo que se conoce como desviar la atención para conseguir que el dedo acusador no vaya a nosotros; pero eso solo funciona en los casos en los que al necio se le señala la luna y él sigue mirando el dedo.

La vanidad adopta muchas formas, y hay ocasiones en las que es un asno desbocado. Da coces, berridos, patalea…Y es un espectáculo dantesco que ver desde fuera. Unida a su hermana la soberbia, ofrece frases que dejan con la boca abierta a propios y extraños, y que reflejan un interior lleno de rabia contenida y poca autoestima. Y si lo aderezamos con un poco de ignorancia, tenemos el cóctel perfecto de la inoperancia.

Nuestro pueblo merece muy poco de todo lo anteriormente mencionado. Pocos necios lo habitan, y cuando se les señala a la luna se preguntan por qué quiere que se mire, sabiendo perfectamente que hay algo que se intenta desviar o maquillar. Los tiempos cambian, y no podemos quedarnos anclados en un modelo de gestión paternalista que pasó a mejor vida hace décadas. La ciudadanía quiere, exige y demanda saber qué ocurre; y si los medios de comunicación no se lo dan, se buscan la forma de tener información.

Cometer errores o pasarse de frenada es humano; pero si lo hacemos debemos ser conscientes de que, posteriormente, se nos exigirá un acto de humildad para el que algunos no están preparados; no en vano, Hemingway decía que era la base del conocimiento, la sabiduría y el poder. Y si no la ofrecemos, es probable que este último se nos escape de las manos, hayamos ganado seis elecciones o no.

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