¿QUÉ ES?

Uno de los grandes dilemas al que nos enfrentamos al abordarla es que muchas mujeres ni siquiera se reconocen como víctimas de la violencia económica; porque, ¿qué significa ser víctima de ella?

Como en todos los casos de violencia, la económica empieza con pequeños detalles: hablamos de la decisión (unilateral o por consentimiento) de dejar de trabajar fuera de casa para dedicar su tiempo íntegramente al cuidado del hogar. Parece un hecho aceptado por la sociedad que la mujer debe dejar de trabajar para mantener la casa, creando así una dependencia económica de la que el maltratador sabe aprovecharse. Desde ese instante, la mujer deja de ser dueña del patrimonio propio o conjunto para asumir un rol sumiso en el que, por ser el hombre quien trae el dinero a casa, él debe disponer del mismo de manera unánime, siendo quien decide en qué se gasta, y controlando así los gastos de la mujer. El miedo es una herramienta clara de violencia y el abuso económico no es inofensivo, es una agresión que logra humillar y transgredir el derecho fundamental de la subsistencia. El dinero se convierte en un medio más de opresión hacia la persona que se quiere dominar. Al marcar la desigualdad en el acceso al dinero, se atenta directamente contra la autonomía y libertad de las mujeres. El agresor se comportará adecuadamente hasta que sienta que su víctima es vulnerable, y a partir de ahí, irá exigiendo que la mujer renuncie a relaciones, al ejercicio de su profesión y al trabajo fuera de casa.

La construcción de una pareja no implica dependencia de ningún tipo. Debe construirse como espacio afectivo, solidario y co-responsable, donde la mujer pueda conservar sus espacios de trabajo y de independencia al igual que el hombre.

La decisión de en qué se gasta el dinero, la prohibición de trabajar o estudiar, amenazas con no recibir más dinero para bienes primarios, quitar una herencia o el patrimonio…Son solo un ejemplo. El agresor busca evitar el acceso a los bienes, controlando todo sin importar quién lo haya ganado, y esto se extiende a los hijos. Se vale de la opresión financiera para doblegarla. La violencia económica es usada por quien la ejerce como un medio de sentirse poderoso, y para encontrar la raíz de este problema nos debemos trasladar a la historia, que siempre ha identificado al género masculino como el único poseedor de los bienes familiares, quien tiene el poder y el control.

En este último punto, la violencia económica reconoce dos tipos de maltratador:

  • En el que él es el proveedor por excelencia: en el hogar no hay carencias de ningún tipo, pero todo le pertenece a él. Controla todos los gastos que se realizan, sea de índole común o personal de la mujer (incluyendo sus gastos personales). La vivienda es de él y con ello amenaza a la mujer, quien si tiene hijos aún se ve más afectada por este chantaje.
  • El agresor vive de su mujer: ella mantiene el hogar, pero él se atribuye el papel de administrador de todos los bienes comunes, e incluso los personales de ella. El control es total, y empieza de forma muy sumisa (excusándose en no tener dinero, en que no le pagan, se le perdió la cartera, etc.). Es capaz de poner a nombre de sociedades o de otras personas los bienes de la pareja, para que así en caso de separación ella se quede con las manos vacías y sabiendo que la mujer no va a consentir que sus hijos pasen necesidades y prefiera sacrificarse.

CÓMO SUFRE LA MUJER ESTE TIPO DE VIOLENCIA

La autoestima de quien sufre violencia económica queda seriamente dañado, ya que se encuentra impotente ante una situación en la que no puede hacer nada. Es difícil conseguir que una mujer reconozca este tipo de maltrato, ya que superficialmente no se ve tan dañino como puede ser el físico; pero no olvidemos que va enlazado directamente con el maltrato psicológico: se busca someter y anular hasta la extenuación a quien lo sufre. Además, este mazazo a su autoestima consigue que la mujer se considere incapaz de conseguir un empleo y de salir adelante sola (un mensaje que el maltratador se encarga de repetirle constantemente) y termina subordinada a lo que él quiere reducirla. Violencia económica y física no van tan unidas de la mano ya que, en numerosas ocasiones, el agresor ya consiguió someter a la víctima a través de la sumisión económica. Los celos, el aislamiento, los micromachismos o la violencia sexual forman parte de su lista de medios para volver indefensa a su víctima.

En lo que se refiere a los hijos, el agresor juega en numerosas ocasiones con la pensión alimenticia, si la mujer decide separarse. Esta es una forma de violencia no solo hacia la mujer, sino también a los hijos, que se ven privados de lo que les pertenece por ley. No es una limosna ni un favor, ni es algo voluntario, es un mandato legal que impone un juez, encargado de dictar sentencias conforme a una ley que así lo recoge.

A nivel físico y psicológico, la víctima puede sufrir depresión, ansiedad, manifestaciones psicosomáticas, abuso de todo tipo de drogas (pastillas, alcohol, etc.).

La mayoría de mujeres que sufre este tipo de violencia se empobrece, lo que aumenta su vulnerabilidad: si se separan, pagan fuertemente el precio de haber sido dependientes, su trabajo gratuito como amas de casa y lo difícil que resulta introducirse de nuevo en el mundo laboral para sobrevivir.

CÓMO RECONOCER LA VIOLENCIA ECONÓMICA

Existe una serie de preguntas que los terapeutas utilizan para saber si alguien sufre este tipo de violencia, y son las siguientes:

  • ¿Tu pareja te da menos ingresos o se desentiende de las facturas a pagar cuando hay una pelea?
  • ¿Tienes que pedirle permiso para comprarte ropa?
  • ¿Él decide cómo se distribuye el dinero?
  • ¿Piensa que el dinero que gana él es suyo y no de los dos?
  • ¿No tienes ni idea de cuánto gana y de dónde lo guarda?
  • ¿Te chantajea cambiando sexo por dinero?
  • ¿Se ha gastado dinero que teníais acordado para algún gasto concreto en otra cosa sin decirte en qué?
  • ¿Pides prestado porque tu pareja no quiere correr con el gasto de la familia?
  • ¿Controla tus ingresos?
  • ¿Menosprecia el trabajo que haces en casa?

Si respondes afirmativamente a, al menos, tres preguntas, es probable que estés sufriendo violencia económica.

CÓMO LUCHAR CONTRA ELLA

Es importante que el presupuesto de un hogar, hasta donde se pueda, sea manejado de forma conjunta. Para las mujeres que sufren este tipo de violencia, es muy frecuente asimilar el concepto de “yo no trabajo, estoy en casa”. Ese propio desprecio hacia la labor que se realiza es caldo de cultivo para este tipo de violencia: no “estás en casa”, colaboras en el mantenimiento del hogar, algo igual de importante como ser la parte que consigue el sustento económico: las dos partes son imprescindibles para el mantenimiento de un hogar.

Debemos partir de la educación, y enseñar a nuestras jóvenes a no perder su individualidad y libertad porque así se lo exija un hombre. En el caso de quienes la sufren, lo más importante es apoyar y conseguir que externalice su situación, ya que el agresor juega con la baza del miedo y el silencio.

Si sufres algún tipo de Violencia de Género, o conoces a alguien que está en esa situación, no dudes en llamar al 016. La llamada no deja ningún registro en la factura telefónica. 

Comparte: